Una ola de descontento social sacudió a Francia este 17 de octubre de 2026, cuando cientos de miles de ciudadanos se manifestaron bajo la convocatoria "Amarillos y Jóvenes". El movimiento, que buscó unir a los históricos "chalecos amarillos" con la generación Z, campesinos, docentes, jubilados y activistas climáticos, protestó contra la crisis económica y el alza en el costo de vida.
Las manifestaciones escalaron rápidamente hacia enfrentamientos violentos. En Limoges, un ayuntamiento fue incendiado, mientras que en Marsella y Lille se reportaron daños en inmuebles municipales. En París, el panorama fue crítico con comercios saqueados, automóviles incendiados y calles que el alcalde Emmanuel Grégoire describió como "metódicamente devastadas". Grupos de manifestantes intentaron acercarse a puntos estratégicos como los Campos Elíseos y el Palacio del Elíseo.
El ministro de Justicia, Gérald Darmanin, calificó los hechos como "violencia urbana de una gravedad inaudita" y solicitó prisión preventiva para los responsables. Por su parte, el presidente Emmanuel Macron advirtió a través de la red social X que quienes dañaron prefecturas, comercios y ayuntamientos serían perseguidos y castigados.
La jornada estuvo marcada por la gravedad de las lesiones. En Saint-Étienne, un manifestante perdió una mano tras la explosión de una granada lanzada por las fuerzas de seguridad, un incidente que reavivó el debate sobre el uso de material antidisturbios, autorizado previamente por el ministro del Interior, Laurent Nuñez.
El clima político se ha tensado ante la proximidad de las elecciones presidenciales. El primer ministro, Sébastien Lecornu, acusó al partido de izquierda radical La Francia Insumisa (LFI), liderado por Jean-Luc Mélenchon, de instigar las protestas. Mélenchon rechazó las acusaciones, deslindándose de los actos de pillaje. En tanto, Marine Le Pen, dirigente de la Agrupación Nacional, criticó a la "extrema izquierda" por tomar como "rehén" las demandas sociales legítimas.
El malestar social es profundo: una encuesta de Elabe de mediados de septiembre reveló que dos tercios de los franceses apoyaban el regreso de los chalecos amarillos. "A finales de mes ya no me queda nada, los precios suben pero los salarios no. No podemos más, nos ahogamos", declaró Franck, un funcionario que participó en una marcha en Guéret.


