Meredith Whittaker, una de las figuras más influyentes en el sector tecnológico, ha alzado la voz contra el alarmismo que rodea a la inteligencia artificial. Según la directora de la Fundación Signal, la idea de que la IA pueda volverse contra la humanidad carece de fundamento científico. En su lugar, Whittaker sostiene que el peligro real radica en la implementación negligente de sistemas que, lejos de ser superinteligentes, generan información errónea con consecuencias geopolíticas graves.
Como ejemplo, Whittaker citó un incidente reportado por CNN en el que un chatbot utilizado por la inteligencia estadounidense inventó datos sobre un buque chino con material nuclear, lo que presuntamente llevó a Estados Unidos a preparar una respuesta militar. "Estuvimos a punto de entrar en guerra con China", declaró. "Un sistema que produce información errónea y que casi nos lleva a una guerra con China no debería considerarse superinteligente bajo ningún concepto".
La trayectoria de Whittaker está marcada por su activismo ético. En 2017, mientras trabajaba en Google, se opuso al Proyecto Maven, un contrato secreto con el Departamento de Defensa de EE. UU. para desarrollar IA destinada a la localización de objetivos mediante drones. Whittaker argumentó que esto "comprimía la cadena de ataque", reduciendo el tiempo de deliberación humana. En 2018, ayudó a organizar una huelga de 20,000 empleados contra la gestión de la empresa. Recientemente, vinculó el uso de estas tecnologías con un ataque con misiles contra una escuela en Irán, aunque Palantir, empresa que asumió el contrato, ha negado cualquier responsabilidad, afirmando que siempre hay una persona que toma la decisión final.
En cuanto a la privacidad, Whittaker mantiene una postura inamovible sobre Signal, aplicación que cuenta con entre 40 y 70 millones de usuarios. Ante la presión de gobiernos como el del Reino Unido para debilitar el cifrado de extremo a extremo, la directiva fue tajante: "Si nos obligaran a debilitar nuestro cifrado, abandonaríamos el mercado". Whittaker defiende que la comunicación privada es una herramienta de supervivencia frente a la vigilancia estatal, el acoso y gobiernos autoritarios, comparando la privacidad digital con la inviolabilidad de un hogar privado.


