TAIZ, Yemen. — Cada mañana, a las 6:00 a.m., Rafeef, de 10 años, se prepara para asistir a la escuela en Taiz, al suroeste de Yemen. Su trayecto no es una rutina escolar convencional, sino un desafío constante contra francotiradores y proyectiles de mortero en una zona de guerra disputada entre las fuerzas gubernamentales, respaldadas por Arabia Saudita, y los rebeldes hutíes, apoyados por Irán. La escuela de la menor se ubica en una montaña que colinda con una "tierra de nadie", donde las posiciones de francotiradores hutíes dominan el paisaje.
La situación en Taiz se ha deteriorado recientemente. El pasado domingo, los hutíes cortaron una ruta de suministro vital que conectaba la ciudad con Adén, intensificando el cerco. Según datos de UNICEF, cerca de 3,2 millones de niños en Yemen no asistían a la escuela incluso antes de la reciente escalada del conflicto, que ha dejado miles de menores muertos o mutilados desde 2014.
El peligro es cotidiano para los habitantes. Abdel Raqeeb al-Obaidi, un profesor de 45 años, relata que la escuela ha sido blanco de disparos en ocasiones anteriores. "La situación puede estallar en cualquier momento mientras estamos sentados en clase", señala. La violencia alcanzó un punto crítico recientemente cuando un ataque con mortero en un taller mecánico cobró la vida de Ahmed, un niño de 3 años, quien murió tras recibir metralla en el corazón. En el mismo incidente, Amjad, de 11 años, resultó gravemente herido en el pulmón y el abdomen, permaneciendo en estado crítico tras ser intervenido quirúrgicamente.
La familia de Rafeef, que huyó de Hodeidah hace nueve años buscando seguridad, también ha sufrido las consecuencias directas de la guerra; hace dos años, un proyectil de mortero impactó su hogar, dejando a la niña con una cicatriz en el brazo. A pesar del terror, Rafeef mantiene su determinación de estudiar con el sueño de convertirse en médica, siendo la escuela su único espacio de socialización permitido por sus padres.


