El debate sobre las alternativas al modelo neoliberal ha cobrado relevancia tras la publicación de un reportaje en el suplemento Negocios de El País, fechado el 4 de octubre, que explora ideas progresistas frente a la crisis global. En dicho texto, el periodista Francisco de Zárate consulta a figuras como Thomas Piketty, Mariana Mazzucato y Daron Acemoglu sobre cómo enfrentar la desigualdad, la crisis de vivienda, el calentamiento global y la inteligencia artificial. Las propuestas discutidas incluyen impuestos a grandes fortunas, un Estado con mayor intervención en el sector privado y el Global Justice Project de Piketty, una hoja de ruta hacia el año 2100.
Sin embargo, el análisis de Imanol Ordorika señala deficiencias estructurales en este enfoque. La primera es la desarticulación de las propuestas, que se presentan como recetas sectoriales aisladas. La segunda es la falta de una estrategia política clara que defina prioridades, costos y mecanismos para vencer resistencias. La ausencia más notable, según el autor, es la de actores sociales concretos; los verbos en el debate tienen sujetos abstractos como "los gobiernos" o "Europa", sin que partidos, sindicatos o movimientos asuman estas agendas como propias.
En América Latina y Europa, las fuerzas de izquierda han implementado medidas aisladas, como el impuesto de Zucman en Brasil, el gravamen a grandes fortunas en España o la reforma fiscal de 2022 en Colombia. No obstante, estas acciones carecen de un programa articulado y de una base social que las sostenga. En el caso de México, se destaca que, a pesar de los aumentos al salario mínimo y las transferencias sociales, no se ha concretado una reforma fiscal progresiva, manteniendo políticas de austeridad en salud, educación superior y ciencia. Ordorika enfatiza que "tener electores no es tener actores", y que el respaldo electoral no equivale a una organización autónoma capaz de exigir cambios profundos.
El texto advierte que, ante la falta de fuerza social organizada, la prudencia política se convierte en el programa de gobierno, limitándose a "humanizar" el modelo neoliberal sin alterar su esencia. Mientras la ultraderecha ha logrado construir una base social al capitalizar el malestar ciudadano, el progresismo corre el riesgo de entregar ese descontento a sus opositores. Para revertir esta tendencia, se proponen tres tareas indispensables: articular programas jerarquizados y situados, anclar estas propuestas en sindicatos y movimientos sociales, y exigir a los gobiernos progresistas resultados concretos más allá del "mal menor".

