Históricamente, la salud de los papas fue un tema rodeado de misterio, discreción y especulaciones. Según el historiador de la Iglesia Jörg Ernesti, durante siglos no existieron informes oficiales, por lo que el conocimiento sobre las dolencias de los antiguos pontífices depende de cartas, testimonios y reconstrucciones médicas posteriores. Un ejemplo temprano es Gregorio Magno, quien gobernó entre 590 y 604 y dejó constancia de sus padecimientos por gota, una enfermedad que afectó a 25 papas, según un estudio publicado en 2021 en el Journal of Nephrology. El último caso registrado en dicho estudio fue Pío VIII, fallecido en 1830.
La geografía también jugó un papel determinante en la salud de los líderes de la Iglesia. Investigadores como Natale Gaspare De Santo, Carmela Bisaccia y Luca Salvatore De Santo documentaron que, entre 999 y 1644, 21 de los 99 papas padecieron malaria debido a las zonas pantanosas cercanas a Roma. En contraste, el diagnóstico de otras enfermedades, como el cáncer, resulta complejo antes del siglo XX, ya que las fuentes históricas utilizaban términos imprecisos como "úlceras" o "induraciones".
El cambio hacia la transparencia comenzó con la creación de la Oficina de Prensa del Vaticano en 1966. No obstante, Ernesti advierte que la apertura actual no siempre garantiza una descripción completa de la situación. Como ejemplo, señala que el estado de salud del papa Francisco fue, en ocasiones, más grave de lo que el Vaticano reconoció públicamente.
Por otro lado, figuras como Juan Pablo II transformaron la vulnerabilidad en un mensaje simbólico. En sus últimos años, el pontífice no ocultó su deterioro físico, llegando a impartir una bendición en silencio tras una traqueotomía apenas dos días antes de su muerte. Esta actitud se alineó con su encíclica de 1995, Evangelium vitae, donde defendió que el sufrimiento es parte de la existencia. Para Ernesti, esta exposición de la fragilidad humana no debilita la autoridad, sino que puede fortalecer la credibilidad y la conexión con los fieles, demostrando que la dignidad no desaparece con la enfermedad.


